viernes, 23 de octubre de 2009

Una visita a una casa construida en 1880 y preservada por sus dueños hasta en detalles que ya resultan prácticamente únicos.

Fuente Pagina 12
Por Sergio Kiernan
Debe ser que hay gente que sabe vivir: en esta ciudad tan baqueteada, algunos seres inteligentes sigue viviendo en casas de una belleza sobrenatural. Lo lograron con una idea poco vueltera, la de conseguirse una vivienda noblemente construida, restaurarla y reequiparla sin enmendarles la plana a sus autores originales, y disfrutar de espacios que los nuevos dogmas tontamente nos niegan. Esta casa de 1880 en el barrio de Montserrat, que fue catalogada por pedido de sus dueños, es un ejemplo de particular belleza de este estilo de vida.
La casa podría estar en la Toscana o alguna isla griega, hasta en las costas viejas de Turquía, porque participa plenamente de ese estilo internacional italianizante que tantas alegrías nos dio en más de un continente. En su versión argentina, es la variante sin fisuras ni cortes de la vieja casa criolla, ornada con buen arte pero manteniendo el retaceo nuestro, eso de no darse tantos aires.
Como se ve claramente en las fotos, esta casa es de las de chorizo, organizadas a un lado del terreno y dejando el otro primero a un zaguán, luego a un patio de recibir, más tarde a un segundo zaguán –este abierto– y al final a un segundo patio más informal y ajardinado. El primer patio mantiene sus portones originales, su maravillosa puerta de entrada al patio, con los vidrios de 1890 grabados con las iniciales del dueño de entonces y su galería de sólidas columnas de hierro fundido, industria nacional y marca Vasena. El pavimento de todo este conjunto sigue en sus tonos de calcáreo y la única novedad es que la galería fue cerrada para ganar un ambiente y posibilitar una segunda circulación sin tanto frío.
Atrás, el patio es más ancho y fue ensanchado aún más demoliendo uno de tantos ambientes. Por eso, lo que fuera simplemente en paño de servicios –cocina, retrete, piecita al fondo– es ahora un pequeño edificio autónomo entre las plantas locas que casi se comen el aljibe original.
Pero lo que se gana el alma del visitante son los ambientes de honor, canónicamente adelante en el orden de las cosas. Según pudieron reconstruir los dueños, la casa estaba básicamente terminada en 1880 y fue decorada en dos etapas, hacia 1890 y 1901. Ahí, se estima, los ambientes de adelante recibieron sus yesos ornamentales, sus pinturas y sus dados. Y es muy posible que entonces se conectaran también el gran living –la sala– con el recibidor, por medio de un marco de dos columnas con una pesada entablatura de gran dignidad.
Lo que emboba de estos ambientes son los cielo rasos, unas yeserías elegantes que fueron pintadas a mano en el estilo decorativo de la época. En la sala se ven, en los rincones, pequeños cuadros que muestran una mano más original e inquieta, que dejó piecitas únicas allá arriba. El efecto total es de un reposo alegre, una elegancia cálida.
Luego siguen, como se estilaba en la época, dormitorios que resultaron demasiado oscuros para sus habitantes de un siglo después. La solución fue una serie de lucarnas decoradas con vitrales de época, recurso que funciona tan bien que parece original. Lo mismo ocurre con las mayólicas y alturas de la cocina, que engaña con soltura y parece un ambiente de entonces.
Lo que sí es de entonces es la miríada de detalles de hace un siglo largo. Hay puertas en esta casa que conservan sus maderitas ochaveras y sus picaportes de caja, de los que vienen con una oreja de bronce. Hasta se conserva el sótano original, de los que tienen puerta trampa.
Esta casa preserva el apogeo de la arquitectura doméstica porteña antes del triunfo del estilo francés. La intolerable piqueta y la manía de remodelar todo la hacen ya casi única en una ciudad que supo vivir así.
La casa tiene su propia página de internet en www.vivienda1880.com.ar

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